Pedro Infante Sigue Volando

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“Donde se presentaba (Infante) era un escándalo de la buena voluntad, de la admiración, del afecto, del amor”. Carlos Monsiváis (México, 1938-2010)

Los mexicanos son muy efusivos al celebrar sus fechas importantes: el 12 de diciembre, día de la Guadalupe. El 16 de septiembre, día de su independencia. El 2 de noviembre, día de los muertos, que es una magna fiesta con mariachis y tequila en todos sus cementerios. A esa tradición de fechas memorables, desde hace 60 años se unió el 15 de abril, día de la inesperada muerte de Pedro Infante, el toro, el charro, el eterno galán, el compadre de todos, el novio soñado de las féminas, el actor carismático que llenó miles de salas. Pedrito, el que se fue a volar a otro cielo cuando apenas tenía 39 años, y se encontraba en el cenit de su carrera actoral y musical.

Esa mañana de la tragedia, Pedro Infante se encontraba en Yucatán, quería emprender vuelo hacia ciudad de México. Abordó un viejo avión, que era casi un desecho de la Segunda Guerra Mundial, y que servía de carguero, transportaba en ese momento pescado. Al parecer fallaron sus motores y se precipitó a tierra causando un gran estruendo. Allí murieron el piloto, un mecánico, una mujer en tierra que tendía ropa al sol, y el ídolo de Sinaloa, Infante, que servía de copiloto. Su cuerpo quedó hecho pedazos, y el duelo se sintió en todo el continente.

Al igual que muchos cantantes que entraron a la memoria colectiva para no borrarse jamás, Pedro Infante murió joven, en plenitud de condiciones artísticas y físicas. Pasó a engrosar el ejército de ángeles musicales, donde están enrolados Carlos Gardel, Felipe Pirela, Nino Bravo, Ricardo Aguirre, John Lennon y Alí Primera. Ellos son recordados cada año con un ritual casi sagrado, sus seguidores y admiradores no merman en número ni en su devoción hacia estos.

En esos intensos 39 años de vida (faltaban siete meses para cumplir 40 años) Infante participó en 61 películas, algunas conmovieron al público por décadas. Recibió premios post mortem por sus caracterizaciones, en especial por su rol en “Tizoc”, el Oso de Plata del Festival de Berlín, en 1957. Y el Globo de Oro de Hollywood en 1958. Muchos canales de televisión en América Latina proyectaron sus filmes en el “Ciclo de Cine Mexicano”, con una alta sintonía.

Sus canciones siguen vivas en la voz del pueblo, en las rocolas, en las emisoras que atizan los recuerdos. Siempre fue comparado en cuanto a talento y popularidad con Jorge Negrete, pero Pedro despuntaba como ídolo de los pueblos. Negrete era operático y tenía costumbres más esnobistas. Infante comía quesadillas y tomaba tequila como los más humildes, sin faltar a la afinación en cada nota, a la impecable fotografía en cada toma, a la  simpatía que emana de él como una fuente en todos los ámbitos. Lo amaron por igual los micrófonos, las cámaras y las mujeres.

Cada 15 de abril, llegan sus admiradores en romería a su tumba, ubicada en el Panteón Jardín de la Ciudad de México. Son riadas de cantores, de gente con claveles en sus manos, familias enteras que le van a cantar, que van a brindar y celebrar junto a la efigie dorada del cantor sinaloense. Hacen camping, algunos rezan, otros toman café en un silencio místico.

El cronista mexicano Carlos Monsiváis en su libro “Pedro Infante: Las leyes del querer” (2008) plasmó: “Antes del cine, el pueblo no tiene oportunidades de exhibirse. En el espacio público y en la industria fílmica, el pueblo es el protagonista que delega su representación en el ídolo, Infante”.

Muchas melodías y poesías sencillas quedaron grabadas en la voz de tenor ligero de Pedro Infante:

“Ese lunar que tienes

Cielito lindo, junto a la boca,

no se lo des a nadie

Cielito lindo, que a mí me toca”.

 

Siempre adornado con su sombrero de charro, o su gorra de aviador; sus posters recorrieron el mundo hispano, sin dejar baches, sin intermitencias. Con una fama de seductor, bohemio, de macho galante, que en algunos casos, se distorsionó y generó rechazo hacia él, pues lo prefiguraban como un arquetipo del machista, del borracho, y el violento. Esa imagen era consecuencia de la promoción comercial de la industria del cine mexicano, poderoso y floreciente. De su impulso publicitario tendencioso.

En cada abril, lo recordamos con algunas de sus canciones icónicas:

“No volverán tus ojos a mirarme,

ni tus oídos escucharán mi canto

voy a aumentar los mares con mi llanto:

adiós, mujer, adiós, para siempre adiós”.

 

Monsiváis escribió sobre su muerte: “Antes de que la vejez lo decapitara, muere en un accidente aéreo, producto de su vocación de riesgo”. Realmente su vida fue una aventura de principio a fin, una aventura artística, amorosa, una aventura de dineros bien acaudalados. Tuvo un gran apresto para tomar riesgos de todo tipo.

Y evocando los versos de Astolfo Romero dedicados a un piloto que desapareció en el Mar Caribe:

“..te estoy esperando

para ir a parrandear,

aunque no puedo olvidar

que aún te encuentras volando”.

 

En ese vuelo eterno sigue Pedro Infante, y muchos seguimos pendientes de él en tierra, de la inmensa estela musical que nos ha dejado.

 

León Magno Montiel

@leonmagnom

leonmagnom@gmail.com